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Temperley, más que un lugar, resulta un signo: la invención de un mundo. El trabajo de zapa de la poesía es la huida, el sendero de la fuga, la toma de distancia del yo en su continua metamorfosis. No enfrentar la rutina -esa “incesante clínica de lo mismo”- sino empezar a disolverla mediante los desvíos del lenguaje y la imaginación. Esa oscilación subjetiva, entonces, capaz de designar en minúsculas a “lázaro” y a un astronauta desbarrancándose entre los asteroides, permite ver los movimientos del personaje de Temperley como un otro en busca de una salida. Allí lo observamos en su cápsula interestelar que puede adoptar distintas formas: un locutorio, una pecera urbana o una calle lateral del suburbio. Mediante el acto mágico de la transfiguración, Patricio Foglia inventa un cosmos paralelo con elementos cotidianos. Primero imagina un mundo, luego, si es posible, lo habitará. Ése es el pequeño programa de este libro: un mapa ínfimo de la rebelión. A la manera del pequeño capitán espacial de la canción histórica del rock nacional, el personaje de estos poemas va en busca de eso que apague su soledad. Si bien el anillo dorado de la poesía no puede protegerlo de una tristeza esencial -la intemperie sin fin-, sí puede dotar a sus días de un sentido. Ni el partido del conurbano ni la casa familiar ni el barrio de los amigos podrán ser testigos de esa salvación. Huir. Sí. Huir como forma del oxígeno. La poesía de este libro, revestida de ciencia ficción, entonces, puede soñar un futuro contra los males de este mundo: la piedra de la inercia, la neurosis de la repetición.

 Carlos Battilana