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Si hacer un duelo es, en parte, reescribir la historia una vez que se conoce su final, ¿qué hacer cuando al volver la vista atrás se descubre que no hay continuidad sino interrupciones, saltos, mudanzas, que no hay tradiciones, que no hay, en definitiva, una historia? ¿Qué hacer cuando, como el ángel que describe Walter Benjamin, empujados hacia el futuro por el viento huracanado del progreso –que tal vez sea una forma de llamar a la vida–, con el rostro vuelto hacia el pasado, comprobamos que a nuestro paso no hemos dejado más que ruinas? 

 

Ornella consigue –como dice Bowie en la canción que empieza a sonar en una de las primeras páginas del libro y después sigue sonando, hasta el final– pararse en el viento, y desde ahí mira los pedazos. No intenta juntarlos, no se propone restaurar lo roto ni recuperar lo perdido: sabe que no se puede. Desde “el balcón del universo”, con una copa de vino en la mano, mira y alcanza a distinguir entre las ruinas algunos destellos: latas, medallas, bailarinas de papel de Marroc, grasa de pollo sobre el control remoto, copas de cristal heredadas, adornos de Murano rotos. De ese brillo están hechos estos poemas.

 

 

Lara Segade