La visión ordinaria de una pileta de natación ofrece, seccionada en andariveles y decorada por banderines aéreos, una superficie en degrade que va, en la zona baja, del celeste lavado de las venecitas, a un azul oscuro en la punta profunda, donde no vemos el piso y acechan las rejillas, los caños de las calderas y toda clase de monstruos marinos.
La imagen no es antojadiza. Nadador, esta nueva novela de Ariel Bermani, nos invita a bajar por la escalerita, donde, con el agua a la cintura, podemos vernos los pies. Agua templada. Sensación agradable. ¡Pero cuidado! Estamos ante el libro más delirante del autor.
De pronto no hacemos pie ni vislumbramos el fondo. A merced del infaltable humor de Bermani, no hay límites ni regreso posible. La historia que bajamos por la escalerita se convirtió en un tsunami de secuestros y fantasmas, una disputa pasiva por resistir las voluntades violentas de los otros, que alcanzan, en un final inimaginable, dimensiones de una conspiración nacional.
Enrique Decarli